La contradanza de  Justo José de Urquiza
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La contradanza de Justo José de Urquiza
 
Ver imagen Guillermo Alfieri

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Fecha:11/04/2018 8:34:00 
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En el atardecer de un lunes santo, el 11 de abril de 1870, en el Palacio San José asesinaron a Justo José de Urquiza, que había sido presidente de la Confederación Argentina y gobernador de Entre Ríos. Cerca de 40 guardias, externos e internos, de la majestuosa residencia, fueron rebasados por medio centenar de insurrectos. Urquiza baleó a uno de ellos, pero dos proyectiles le perforaron el cuerpo y Nicomedes Coronel lo remató con cuchillazos. La conspiración la lideró Ricardo López Jordán y el ataque lo condujo el sargento mayor Simón Luengo, al que algún autor define como federal irreductible. Urquiza sumaba 68 años de edad. Coordinados con la agresión, hubo dos crímenes en Concordia: los de Justo José del Carmen y Waldino, hijos de Urquiza.

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Las opiniones sobre vida y obra de Urquiza desbordan en ditirambos y críticas severas. Están los que lo caracterizan de libertador generoso, padre de la Constitución, comparable con George Washington, pacificador, pionero de la educación como Manuel Belgrano, impulsor del progreso y empresario sagaz. En contraste, la lectura revisionista lo desacredita, por codicioso acumulador de riqueza material, desertor de la causa federal para proteger sus intereses y traidor consciente de lo que aparentaba representar. En fin, figura poliédrica la de Urquiza, al que cabe la metáfora de la contradanza, su baile preferido en los salones frecuentados.

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La coreografía la aplicó en la paz y en la guerra. Manos unidas y desunidas, pasos adelante y hacia atrás, con todo el pie o sólo con el taco apoyado en el piso desplazamientos de izquierda a derecha y viceversa, rondas ampliadas y reducidas, con espacio para la improvisación intuitiva. Según las circunstancias se alió con Juan Manuel de Rosas y se pronunció contra él, derrotándolo en la batalla de Monte Caseros, el 3 de febrero de 1852. Enfrentó a los unitarios porteños, pero se alejó sin luchar del campo de Pavón, el 17 de setiembre de 1861, para que Bartolomé Mitre dejara de ser un militar perdedor. Contra el sentimiento popular, Urquiza apoyó la destrucción del Paraguay (1865 – 1870), como antes había desoído la demanda federal de Chacho Peñaloza, lanceado y degollado en 1863.

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Urquiza nació el 18 de octubre de 1801, en Talar de Arroyo Largo, próximo a Concepción del Uruguay. Fue el parto número 11 de la criolla María Cándida García González, casada con Josef Narciso de Urquiza y Álzaga, vasco de Vizcaya, alcalde de la villa, administrador de campos y militar afectado por el crónico reuma. Al recién llegado al mundo, lo bautizaron Josef Justo en cuanto pudo alterar el orden de los nombres y retocar la grafía, lo hizo para ser Justo José. Cursó estudios limitados, a los 20 años de edad instaló una pulpería, a los 22 era subteniente de la compañía de cívicos, se enroló en el partido federal y accedió a banca de diputado nacional, en 1826. Conoció la cárcel y soportó la burla bonaerense, expresada en la obra de teatro “El entierro del loco traidor Urquiza”, del dramaturgo Pedro Lacasa.

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No bebía, no fumaba, no arriesgaba en juegos de azar. A lo sumo apreciaba las carreras cuadreras. Cosechó fama de constante enamorado, atento con las mujeres y lúcido cortesano. Primero convivió y luego se casó con Dolores Costa y Brizuela, el 16 de octubre 1855. Tuvieron 11 hijos y Urquiza reconoció, por decreto, a otros 12, concebidos por distintas señoras, antes de su matrimonio formal. El 5 de marzo de 1854 había asumido el rango de primer presidente constitucional, con vigencia de la Carta Magna de 1853. La sede del gobierno funcionó en Paraná, desconocido por los unitarios de la provincia de Buenos Aires y sus satélites.

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Las tropas de Urquiza vencieron a las de Mitre en Cepeda. En Pavón, la temible caballería entrerriana se sometió a la contradanza y, sin pelea de por medio, galopó hasta Concepción del Uruguay. Horas después, 400 soldados urquicistas fueron masacrados en Cañada de Gómez. La deserción es justificada por la mirada sesgada de ciertos historiadores: en realidad, interpretan, se trató del propósito de pacificar al país. La rabia creció en el frente interno. José Hernández, pronosticó en 1863 que el asesinato del que fuera víctima Peñaloza, constituía el prólogo del que sufriría Urquiza. Hace 148 años, el vaticinio se cumplió.

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En una novela inédita, se denomina a Urquiza como la versión sudamericana de Napoleón Bonaparte. Diseñó estrategia para el desarrollo político, económico, social y cultural. El palacio San José, de construcción iniciada en 1848, es hoy patrimonio nacional los visitantes pueden imaginarse al caudillo paseando por los lindos jardines, acompañado por su perro Purvis, nombre de un almirante inglés. La actividad oficial no le impidió desplegar su capacidad para los negocios, con beneficio personal. Fue industrial, financista, dueño de acciones en bancos, compañías de seguros y de navegación de ultramar. También terrateniente y propietario de ingenio azucarero en Tucumán y socavones mineros en Catamarca.

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Con éxito, Urquiza medió en 1859 en el conflicto entre Estados Unidos y Paraguay. El representante norteamericano, William Branford Shubrick, recibió la espada con la que el prócer juró la Constitución en 1853 la pieza fue recuperada en 1974 y guardada en la unidad del Ejército de Paraná, ciudad en la que se levanta el imponente monumento de 17,5 metros de altura, inaugurado el 18 de noviembre de 1920, aniversario del Pacto de San José de Flores. Apologistas de Ricardo López Jordán, afirman que su directiva era detener a Urquiza y desterrarlo a Europa. Los que no le creyeron, se identificaron con Aurelio Casas, que el 22 de junio de 1889 mató con arma de fuego a López Jordán, cuando caminaba por la porteña calle Esmeralda, a los 67 años de edad. Versiones aparte, López Jordán no carece de modesta y poco atractiva estatua en Paraná. Se descubrió el 21 de noviembre de 1994, en la plaza Carbó, en coincidencia con la reprovincialización de sus restos.
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