El Tano más extrañado
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El Tano más extrañado
 
Guillermo Alfieri

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Fecha:06/04/2018 8:42:00 
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Reacomodo, de a poco, la biblioteca casera. Instalo más a mano los escritos y editados por Hugo Ditaranto. Del interior de Fernando – Un perro de verdad, asoma una hoja ajena al ejemplar. Se trata de la copia de la crónica que titulé El paso de la langosta. La dedicatoria es para el creativo Tano, fallecido el 10 de abril de 2013. Para el viaje definitivo se convirtió en lo que él imaginó: un barrilete con su cara, cruzando el horizonte, por efectos de la ozonoterapia, que no le sirvió para recuperar la perdida visión.
La langosta es emblemática, en cuanto a significar acciones depredadoras, materiales y simbólicas, al igual que la corrupción, por ejemplo. A la corrupción, Ditaranto siempre se ocupó de vituperarla. Afirmó: cuando aceptamos algo corrupto, terminamos aceptando la mentira como una verdad absoluta pareciera que todo depende de la mente humana. En una reflexión, de vigencia permanente, señaló: en la vida no hay neutralidades y es mejor no olvidar nada, ni las mesas vacías ni las mesas llenas de glorias perdidas, inmerecidas y baratas. De hecho, el Tano advirtió los riesgos de caer en las redes de la manipuladora posverdad.
Hugo Ditaranto nació en Buenos Aires, en 1930. Asumía la influencia, para bien y para mal, de pertenecer a la generación que se crió en el escenario del autoritarismo, construido por el primer golpe de Estado, contra un gobierno elegido por el voto regulado en la ley Sáenz Peña. El Tano trasgredió cada cuenta del rosario disciplinario, impuesto con el mandato de que así son las cosas. Fue rebelde en la casa paterna, en la calle, en la escuela como maestro y como artista. Antes de que lo recomendara el genio de Chaplin, aplicó la fórmula de drama más tiempo igual a humor. Adversario de lo convencional, en Navidad ofrecía rosca de Pascuas y en Pascuas servía pan dulce.
En 2005, a gatas podía divisar sombras sin forma. Por alguna razón extraña, nunca aprendió el nombre de la enfermedad que le provocó la ceguera. Para no tirarse del balcón del cuarto piso que habitaba con Esther, inició el tratamiento de 20 sesiones de ozonoterapia, que incorpora la sustancia a través del recto. Impedido de leer, Ditaranto pensó más que de costumbre. Eligió temas que permanecían en la neblina, disimulados sus relieves. De tanto en tanto hacía una pausa, para tomar el té con leche, con dos tostadas salpicadas de aceite y sal, preparadas por su nieta Laurita, mientras Esther renegaba contra el informativo-desinformador de la televisión.
El martes 13 de agosto de 2002, a los 80 años de esas, murió David Álvarez Morgade, en barrio periférico de Ingeniero Budge, en el conurbano bonaerense. Se fue liviano de equipaje. En la vivienda de Ditaranto, que supo ser de Conrado Nalé Roxlo, conocí a David, en condición de pobre de bienes, que llevaba con absoluta dignidad. Sus amigos compraban tarjetones con un poema de Álvarez Morgade, que restituían para incrementar la venta. Otra oferta era la de perfume casero, con el requisito para el cliente de anticipar la entrega del envase. El bohemio delgado, con dentadura disminuida, llevaba su propio saldo de puchero para no molestar en el almuerzo. Se hacía querible en el primer intercambio de saludos.
La vecina de Ingeniero Budge entregó a Ditaranto la bolsa de mercado, cargada de papeles. Allí estaba la obra inédita de David Álvarez Morgade, caminador infatigable de los barrios, porteño de San Telmo, con ancestros gallegos. Hugo comentaba que David creía en el valor de las palabras y en la libertad, lo cual lo hizo proclive a los desencantos. Con ayuda, el Tano clasificó el material, reunió fondos y en 2008 presentó las creaciones de David en seis tomos, de unas 50 páginas cada entrega, “Un tango se ha colgado del balcón. Una nota / huye volando por el empedrado. / Una maceta rota / quiere arrojar los huesos del jazmín olvidado (…)”. El tata Cedrón le puso música de guitarra a versos de David Álvarez Morgade.
Hace cinco años, Hugo Ditaranto sintió que se le inflaba el ombligo, quizá síndrome de descontrol de la presión arterial, a los 83 años de edad. La joven enfermera de turno escuchó el susurro: sin los sueños, sin la idea final de un mundo feliz y casi perfecto, mujeres y hombres nos transformaríamos en cucarachas grandes. En cuanto aparece el sálvese quien pueda, el arriba las manos, el fin justifica los medios…, está todo perdido. Tiene que ser cierto que la pelea es por el honesto comportamiento del conjunto social.
Poemas y narraciones. Ficción y realidad. Libros, audiovisuales y artes plásticas. Voces y figuras conocidas, respondiendo a las convocatorias de Hugo Ditaranto. Reubico en la biblioteca la obra del Tano extrañado, para tenerla lo más cerca posible, como un salvavidas, en pasajes de confusión por lo que nos agobia. Su trabajo, su fábrica de ideas están testimoniadas. Sumo la mención de su irrenunciable solidaridad, de la que fui y soy beneficiario, por siempre agradecido.
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