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Por Guillermo Alfieri*
Crónicas en Claroscuro
 
Haciendo los deberes

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Fecha:19/06/2017 20:03:00 
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Dicen los expertos en Educación, que un objetivo de moderado alcance consiste en 3434607725que los alumnos que cursan tercer grado, del ciclo primario, accedan al escalón siguiente en la tácita categoría de alfabetizados. En un trazo grueso, es alfabeto quien sabe leer y escribir. Con cierta nostalgia, se asegura que hubo un tiempo en el que el anhelo se cumplía más temprano que tarde, comparando con la actualidad. La cuestión es compleja y el debate parece trabado, con consecuencias futuras, que se advierten con nitidez en la enseñanza secundaria y universitaria. Mientras se aguardan soluciones integrales para un sistema con falencias, cada familia puede servir como micro-observatorio, con la expectativa que desde lo individual se progrese hacia lo colectivo.

Se suele apelar a la aspiración de que se concrete el ingreso a la academia, de quien sería Mi Hijo el Doctor, como faceta del ascenso social. En realidad hubo una etapa previa. Cuando Domingo Faustino Sarmiento fue presidente de la Nación, se realizó el primer censo de población, en 1869. No sólo se trató de contar gente. También se reveló que apenas el 20 por ciento de los habitantes era alfabeto. En 2010, se registró que casi el 98 por ciento concurrió a la escuela. Es que Sarmiento podrá ser centro de polémicas no agotadas, pero nadie le podrá negar su decisiva obra educativa. No es difícil imaginar el significado que tuvo en criollos e inmigrantes del siglo XIX, el acceso de sus hijos al primer peldaño del sistema de enseñanza.
Expandida la alfabetización, en la mayoría de los hogares existe la probabilidad de la asistencia complementaria a la gestión que se desarrolla en el aula. Debo confesar que, por variadas razones, tengo esa deuda impaga con mis cuatro hijos y cinco de mis seis nietos, en cuanto a ponerme a sus respectivas disposiciones, a la hora de hacer los deberes. Algo ha cambiado ahora, con tiempo, espacio y conciencia para efectuar ese aporte.

Luna almuerza y pasa las tardes de martes y jueves con nosotros. Así lo determina la organización familiar, por motivos de locación y horarios de trabajo de su papá y su mamá. En consecuencia, esos días Mercedes la busca en la escuela pública y la trae a casa, a veces acompañada por alguna compañerita del tercer grado que cursan, en el nivel primario. La abuela es la que supervisa la resolución de la tarea encomendada por la maestra. Si lo requieren, meto la cuchara, a la vez que disfruto de ese rato, en el que la niña de ocho años de edad brega por encontrar respuesta a problemas y enigmas que la desafían desde la hoja del cuaderno o fotocopia. Quizá, en la instancia, es válido lo sentenciado por Jorge Luis Borges: La solución es siempre inferior al misterio.
Hace unos días, particular interés nos despertó el recurso docente de recurrir a un cuento literario para trasmitir nociones de educación vial. Con actitud creativa, el texto incluye la participación del mago Merlín y de un duende que comentan la razón de ser de los semáforos y de los carteles de señalización, con la consiguiente atención que tiene que prestarles los conductores de vehículos y los peatones. El ejercicio de Luna consistió en la comprensión de lo escrito, reconocer elementos de las oraciones gramaticales y leer en voz alta, a un adulto, con las pausas, interrogantes e interjecciones marcadas con los pertinentes signos gráficos.
Luna dio por terminada su faena. Le pregunto si sabe otras cosas de Merlín, aparte de que era un mago. Antes de que responda o consulte en su tablet, busqué en el Diccionario Enciclopedia Espasa: “Encantador legendario que, según la tradición, vivía en la Bretaña de principios del siglo VI. Es uno de los más importantes de la literatura caballeresca. Era hechicero y poeta y se le atribuyen las más fantásticas hazañas”. Para ser sincero, no sé si a Luna le sirvió lo seguro es que a mí me vino bien la precisión de los datos acerca del fabuloso mago Merlín.
La integración de conocimientos, con diversidad de insumos, está a la vuelta de cualquier esquina. Luna nos contó que un vendedor de libros estuvo en la escuela. Ofreció, por ejemplo, un libro sobre dinosaurios. Manifestamos interés en una ficha y recibimos la puntual visita del corredor de bibliografía. Mercedes llegó a un acuerdo y el atractivo ejemplar editorial llegó a Luna, con material audiovisual incorporado. Como se sabe, los dinosaurios son atracción en la exposición de Tecnópolis, como expresión de un pasado asombroso, con la misteriosa extinción de especies. Si el saber no ocupa lugar, bienvenidos el libro y la muestra.
Josefina Zubizarreta fue una notable docente entrerriana, a la que se rinde constante homenaje en el barrio de Puerto Viejo. La entrevisté cerca del final de su existencia y el centro comunitario llevaba su nombre, por la labor de extensión social desde la Escuela Pueyrredón. Le pregunté a quienes agradecía su formación. Con emoción no derrumbada por el tiempo, recordó a su padre, laburante en las canteras de la zona. Dijo Josefina: papá se levantaba a la madrugada. Antes de ir a su trabajo y sus hijos a la escuela, nos reunía en la cocina y constataba que habíamos hecho los deberes. Que aprendiéramos lo que nos enseñaban era su obsesión, para que nuestra vida sea mejor a la suya.

*Periodista - Escritor
Publicado el 19 de junio de 2017
@alfieriguillermo
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