Un equipo de lingüistas trabaja para conformar el Diccionario de los Argentinos
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Un equipo de lingüistas trabaja para conformar el Diccionario de los Argentinos
 
Ver imagen Cinco personas pasan sus días escuchando, leyendo, detectando de manera artesanal qué dicen las personas cuando hablan en su vida cotidiana. Y cuando eso no alcanza, se confabulan con expertos en Ciencias de la Computación para detectar usos en las redes sociales. Si la lengua es una patria, ellos quieren relevar todos los significados de sus voces.

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Fecha:20/02/2017 9:48:00 
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Un “muchacho” no es lo mismo que un “pibe”, y decir “chabón” hace treinta años no era lo mismo que decirlo ahora. Tampoco lo era pensarlo, y mucho menos escribirlo, aunque la situación resultaba todavía más sensible hace cien años. Algunas palabras podían pensarse, tal vez decirse en el entre nos y quizás hasta garabatearse en papeles privados pero en público jamás. En público, el decoro ante todo lo que mandaba era la formalidad, y una manera de entender el lenguaje que se servía de prescripciones para establecer fronteras sociales. No era de señora decir en público “fabriquera” no era de caballero hablar en lunfardo en una confitería o con su familia no era de funcionario público de bien hablar a la bartola. Entonces pasaron las décadas, que en el camino horadaron una barrera: entre fines del siglo XX y principios del XXI, de algún modo, la lingüística se desmelenó lo suficiente como bucear desde la academia en cómo hablan las personas todos los días. ¿Un diccionario que incluya la expresión “amague-comerse el”? ¿Que reconozca como estable y en uso reconocido el término “carpetazo”, o advierta que hasta ahora ningún diccionario había notado que “mangonear” no había sido incluido? ¿Una investigación permanente que entienda cuánto puede cosechar del habla cotidiana en las redes sociales, y se confabule con expertos en Ciencias de la Computación para proceder en consecuencia (ver aparte)? La Academia Argentina de Letras (AAL) alberga a algunos de esos especialistas obsesionados con el lenguaje cotidiano. De los argentinos, claro.

El diccionario es un sueño eterno
Es un registro “artesanal”. El director del equipo que pasa sus días registrando el habla propia y ajena advierte que es un trabajo que lleva mucho de intuición, de preguntarse lo que parece natural, también un poco de suerte. “A veces encontramos algo un poco de rebote. Tal vez porque alguno tenga un interés en particular. Una novia en La Plata, por ejemplo, y entonces por viajar hasta allá ve que la pollería se llama distinto, trae la observación y tenemos que decir que es un caso clarísimo: todo el país dice ‘pollería’ pero allá dicen ‘pollajería’”, ejemplifica Santiago Kalinowski, que comanda el Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la AAL. Kalinowski, Gabriela Pauer (subdirectora del Departamento) y los investigadores Josefina Raffo, Sol Portaluppi y Pedro Rodríguez Pagani hacen “de todo todos” para mantener vivo al Diccionario del Habla de los Argentinos (DiHA), un volumen que –como señalan los apuntes de prensa prolijísimos y exhaustivos que prepararon, como los académicos preocupados por contar su trabajo que son–, “reúne el léxico que se usa de manera exclusiva o preponderante en el territorio de la República Argentina”.
Escribir un diccionario es un trabajo que no se termina nunca y que tiene mucho de espionaje obsesivo. Porque hablar es algo que tampoco se terminaba nunca –o por lo menos, no mientras haya quien hable–, escuchar, notar, reflexionar lo que se escucha y dar cuenta de lo que pasa con el habla, tampoco. “Estamos todo el día evaluando nuestras propias intuiciones acerca del léxico, qué se dice, qué palabras se están empezando a usar en, por ejemplo, Twitter. Y cuando tenemos alguna pauta de alerta sobre alguna, iniciamos una investigación”, detalla Kalinowski.
El primer esbozo de diccionario del habla nacional, un “registro del habla de los argentinos”, fue una publicación pequeña, un registro lexicográfico editado en la AAL en 1997. Luego, en 2003, hubo una edición comercial, a la que siguió otra, actualizada, en 2008. Este año, habrá una nueva edición, con fecha de aparición todavía no precisada, que incorporará alrededor de 1300 nuevas palabras y unos 300 modismos hasta ahora no reconocidos. El número no es exacto por una razón sencillísima: mientras técnicamente sea posible, algún nuevo vocablo de verificación fresca se podrá colar en las páginas.
Un diccionario del habla no es un diccionario tradicional de la lengua al estilo de los canónicos de la Real Academia Española (RAE), que recoge –o al menos intenta recoger– todas las disponibles en el idioma, y de paso preservarse el poder, digamos, de policía sobre ese lenguaje: lo que diga esa institución es lo que vale, lo que define sus límites, son los del mundo en el que quiere seguir reinando. Kalinowski lo explica claramente: “La RAE hizo un diccionario de ‘americanismos’, que recoge todas las palabras que pudieron identificar que son de uso en países americanos, pero ese diccionario está diseñado para perpetuar la idea del ‘americanismo’. Acá viven 400 millones de hablantes, ¿y es un -ismo? Es absurdo. En todo caso, ese es un diccionario que reúne todas las palabras regionales del español salvo el de un país, España. Eso es, en realidad, una manera de perpetuar el carácter marcado del léxico, y la idea de que el español está en España”. Si además de la pasión por registrar algo tan efímero y permanente como las palabras de todos los días el DiHA tiene otra misión, es esa: afirmar que acá hay un habla particular.

–¿Por qué es importante que haya un diccionario del habla?
–La cuestión del léxico puede traer problemas a muchos usuarios. El usuarios extranjero, por ejemplo, que necesita saber algo cotidiano que no va a encontrar en su diccionario de consulta. Un diccionario dedicado al habla sirve también al estudiante. Es diacrónico, es decir, que no sólo incluye las palabras que están actualmente en uso, sino también las poco usadas. Muchas de esas están en la literatura que esas personas están leyendo y necesitan entenderlas para estudiar.

–¿Palabras en desuso como cuáles?
–Desusadas –dice Kalinowski y unos segundos de suspenso separan la revisión del diccionario de su respuesta–. “Acamalar”, que es “sostener o mantener con dinero a una amante”. “Reunir y guardar dinero especialmente” es la primera acepción. Otra: “biandazo”. Es “golpe, trompada” tenemos un ejemplo de 1924: “Recibiste los biandazos de la suerte mistonguera y a la nada se te fueron los momentos de esplendor”.
El último ejemplo, tan lleno del lunfardo que alguna vez era moneda corriente en diálogos de un universo social –y no necesariamente barriobajero y marginal–, fue extraído de un tango de Celedonio Flores (Nunca es tarde Julio Sosa lo grabó en 1957). Las letras de la lírica y los textos literarios son fuentes que el equipo detrás del diccionario usa para contrastar las intuiciones y las observaciones, aún cuando a veces esas elecciones presenten trampas, porque en algunos textos “como los de la gauchesca y el tango hay muchísimas dificultades léxicas, porque hay una búsqueda del exotismo permanente”. Pero hay más fuentes: en pleno auge digital y cuando arrecia el debate sobre la supervivencia o no de los medios en papel, a los lingüistas los diarios impresos les sirven para verificar lo que sus intuiciones registraron en otros espacios. De hecho, en la nueva edición del DiHA –al menos de momento– hay 506 ejemplos tomados de las páginas del diario Página12.

–¿Compiten entre ustedes por ver quién da con la palabra más difícil?
–Más que eso, en todo caso, canchereamos por encontrar la palabra más normal. El presidente de la AAL, José Luis Moure, los llama “criptoargentinismos”. Son esas palabras que nunca se te pasa por la cabeza que son argentinas: boquear, laburar, abrochadora, heladera, ¡morocho! Un colombiano si vos decís “morocho”, “petiso”, no entiende de qué estás hablando. Son palabras de registro neutro, que perfectamente podría decirlos un ministro en conferencia de prensa, pero que se entienden en Argentina. Esa es una de las dificultades del trabajo de detección. Uno tiene que agarrar el repertorio de palabras de todos los días y empezar a sospechar de eso. Es nuestro trabajo y nos apasiona hacerlo.

Entre lo coloquial y el género
“Cuando una palabra sirve para comunicarse con un amigo en la calle pero está fuera de lugar en una entrevista de trabajo, es coloquial. Pero es importante que el diccionario no sólo incorpore palabras populares, vulgares, que es la idea más popular que se tiene, de que todo es lunfardo. No. Hay algunas palabras que no tienen ninguna marca de uso, que son neutras, que uno puede usar tranquilamente en entrevistas de trabajo o en una conferencia, que son las primeras que se nos vienen a la mente”, explica Kalinowski. (Hablar bien, dice el especialista, a veces es una cuestión de límites, y transgresiones no deseadas en el uso del lenguaje pueden acarrear sanciones para los usuarios del idioma. Por eso, también, la AAL brinda un servicio de Consultas idiomáticas, que resuelve dudas de uso a quien las plantee, de 13.30 a 19 en el 4802-7509. o por mail a consultas@aal.edu.ar–).
Entre las palabras sin marca de uso de la nueva edición del diccionario, donde ingresa triunfante como sustantivo común el término “pelopincho”, y hacen lo propio “farandulero”, “carpetazo”, “dietética”, “cabedor”, “mandonear”, “rosarigasino”.
Pero también hay nuevos coloquialismos, entre los cuales tal vez uno de los más notables sea “chabón”. “No estaba como sustantivo, lo tuvimos que agregar. Antes ‘chabón’ era una fórmula de tratamiento: ‘qué hacés, chabón’. No pasaba de ahí, era como ‘boludo’. Pero después de un tiempo se convirtió en sustantivo. Podemos decir ‘dos chabones vinieron’”, aclara Kalinowski, al dar cuenta de cómo ese derivado del original “chambón” se ganó su entrada con el significado de “persona”.
Algunas definiciones viejas fueron revisadas desde una perspectiva de género. “Hay asuntos que tienen que cambiar en los hablantes para que los diccionarios los pueden tomar. El diccionario va y ve qué hacen los hablantes. Es la conciencia de los hablantes la que empezó a hacer posible que aparezca ‘colectivera’, o que ‘bagayo’ pueda ser usado también en relación con el tipo. En la conciencia de los hablantes las cosas están cambiando, se están incorporando otros roles y caen en desuso nociones que eran indiscutidas sobre qué significa ser mujer. Es un debate permanente”, dice Kalinowski.

La investigación de letras y computación
Fue una conjunción de azares: un doctor en Ciencias de la Computación que investiga sobre habla e inteligencia artificial en la UBA fue tan entusiasta en el dictado de una materia que, al terminar la cursada, un alumno de la licenciatura resolvió orientar su tesis de grado hacia esos temas. Casi al mismo tiempo, Kalinowski se comunicó con Ciencias de la Computación para plantear que la AAL quería investigar sobre usos cotidianos del lenguaje en Internet, más precisamente, en redes sociales aún más precisamente: en Twitter. Y en el caso específico de Argentina. En ese momento, los destinos de Kalinowski y el equipo de la AAL, Agustín Gravano (que dicta las materias Aprendizaje automático y Procesamiento del habla), el tesista Damián Alemán y el estudiante de doctorado Juan Manuel Pérez (que acompaña la investigación de Pérez) quedaron unidos.
Gravano dice que Kalinowski “quiere tener una fotografía, un video, mejor dicho, en tiempo real, del estado del uso del lenguaje español en diferentes lugares”, de momento, de Argentina.

–¿Y qué cosas podrían tomar de eso?
–Depende de qué datos consigamos. Si uno pudiera, con algún tipo de tecnología, monitorear el uso del lenguaje en diferentes regiones, podría compararlos. Twitter es una herramienta muy útil para conseguir esos datos. Es un espacio homogéneo porque todo el mundo usa Twitter más o menos del mismo modo, con temas variados pero una misma forma de uso. En cambio, en otros lugares donde se pueden buscar estos datos de habla, como los foros de diarios, cambian mucho las regulaciones, si está moderado el foro, si hay diálogos, si se privilegia un tema y otro. Si tomáramos ese tipo de foros, la variación entre medios y países sería enorme. Twitter es más homogéneo.

El proyecto comenzó el año pasado. En este trabajo que, hasta el momento de terminar y presentar su tesis, realiza Alemán, la posta será tomada luego por otro estudiante camino a graduarse. Esta primera etapa de las investigaciones, en un campo en el que no hay antecedentes, el nivel de complejidad permite establecer “hipótesis del mundo de la lingüística que se pone más interesante para alguien interesado por el lenguaje: qué cosas hay en común entre las diferentes regiones, qué palabras se usan, cómo se ponen las palabras, se usan prefijos, sufijos, qué tipo de frases se arman. Todos esos datos los vamos a analizar a nivel estadístico y vamos a saber que en Córdoba usan más que acá la palabra ‘fernet’”, dice Gravano entre risas.

–¿Qué esperan construir con estos datos?
–Tener un mapa de la Argentina. Y en ese mapa encontrar diferencias de a pares: ¿cómo se habla, por ejemplo, en Córdoba en relación con Buenos Aires? También otras cosas que le interesan a Santiago (Kalinowski) de estructuras sintácticas, como el uso del doble objeto indirecto: queremos verificar si esa redundancia es típica de todo el país o del Río de la Plata. Otra cosa, por ejemplo, es ese uso que hacen en algunas regiones, que en vez de decir “comprémoslo” dicen “lo compremos”. A medida que vayamos avanzando aparecerán nuevas preguntas.

Gravano y su equipo investigan el cruce entre inteligencia artificial y lenguaje: cómo una computadora puede reconocer significados en una señal de habla. “Mi tema principal es la prosodia, que es todo lo que diferencia al texto del habla. Cuando uno transcribe un diálogo, a una persona hablando, se pierden un montón de cosas. Eso que se pierde es la prosodia: la entonación, las pausas, la velocidad del habla, cuán fuerte o suave lo digo, todas las inflexiones del habla forman parte de la prosodia. Cómo funciona eso es complejísimo y sabemos muy poco. Hay factores culturales, sociales, de edades, económicos que influyen en la forma de hablar”, detalla Gravano.

–¿Cómo se lleva eso a Ciencias de la Computación?
–Tratamos de usar todas las herramientas que tenemos en computación para poder procesar esto: agarrar una señal del habla y no sólo reconocer las palabras, sino capturar toda esa información que está en la señal. Ahí entra en juego el aprendizaje automático, que tiene que ver con programas que aprenden solos. Esto no es algo que podamos programar. Ni siquiera tenemos todavía bien claro nosotros cómo es. Y ahí entra en juego la posibilidad de que la máquina aprenda sola, con esquemas como los de las redes neuronales: poner muchos datos y que la máquina se de cuenta. Funciona. De a poquito, funciona. Y a veces Google, que tiene muchísimos recursos, da un gran paso y suma a eso.

–¿Hay mucha gente investigando este campo?
–Hay mucho interés. La parte más comercial es la de reconocer las palabras: tu celular lo podés usar con el habla. Esas aplicaciones requieren este tipo de investigaciones de reconocimiento del habla. En el Laboratorio de Inteligencia Artificial Aplicada, somos varias personas trabajando específicamente en el habla, entre los que estamos Luciana Ferrer y yo. Hay también gente trabajando temas más mezclados, como habla y neurociencia, que busca encontrar correlatos neurológicos, qué pasa en el cerebro cuando pasan cosas en el diálogo, si te interrumpo, si te cedo la palabra. Es algo muy exploratorio todavía. Pero lo que involucra al habla son aplicaciones que ya empiezan a funcionar.

–Genera públicos también este tipo de investigación?
–Genera interés porque es apasionante. Por eso, este proyecto con la AAL, que inicialmente era más bien exploratorio, para ver si las cosas funcionaban con Juan Manuel (Pérez) y Damián (Alemán), va a crecer. Están haciendo cosas muy buenas y funcionando mucho mejor de lo que esperábamos, queda todo servido para que venga el siguiente tesista y empiece a trabajar sobre cosas más sofisticadas: no sólo contar palabras, sino investigar niveles superiores de la lingüística, la semántica, el discurso, la pragmática, que son las intenciones. Es de a poco, pero hay mucha tela para cortar.

Informe Soledad Vallejos
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