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Por Guillermo Alfieri*
Crónicas en Claroscuro
 
Variaciones sobre linyeras

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Fecha:19/12/2016 11:41:00 
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Los seres y las cosas que se abordan en estas crónicas de doble tono, se amplían y mejoran en su tratamiento por la generosidad de activos lectores, que producen devoluciones y provocan nuestra deuda de gratitud. Pruebas al canto: el rescate de la figura del linyera motivó aportes para el identikit del personaje en variadas versiones y diferentes razones del por qué la situación de marginalidad. En versos de Marcelino Román el origen es social y colectivo. En un cuento, Haroldo Conti lo atribuye a la decisión individual. Con otro enfoque, la narración de Diego Angelino deriva a un fantástico desenlace.

Marcelino Román nació en 1908, en Victoria (Entre Ríos). Ya era adulto joven cuando la gran depresión afectó al mundo y sufrió en carne propia su condición de trabajador rural y urbano, autodidacta para la formación que le permitió ser periodista, escritor e investigador de fuste. De sus libros se editaron 13. Calle y Cielo fue el primero, en 1941. Allí está Ronda de los Linyeras. Los coletazos de la crisis se reflejan en los siguientes fragmentos: (…) Terminaba un año malo / y comenzaba otro peor / faltaron galleta y yerba / cuando el trabajo faltó (…) Cuando en el campo saqueado / por invisible malón / sus brazos ya se cansaban / de la desocupación, / una esperanza andariega desde lejos lo llamó (…) / Obreros desocupados / del campo y de la ciudad, / sobre los trenes de carga / linyeras vienen y van. / Cruzan el país del trigo / las muchedumbres sin pan / va por campos y caminos / su desamparado afán.
No se lo contaron. Marcelino Román vivió el desgraciado efecto del sistema, que descarga sus problemas con el corte del hilo por lo más débil de la sociedad. Por lo tanto, genera linyeras que deambulan, hasta anclarse en la periferia de las ciudades con mayor desarrollo, con el consabido desequilibrio demográfico. Marcelino Román murió en 1981, cuando otras langostas acentuaron la pobreza estructural.

Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, en 1925. Fue seminarista, maestro, marino mercante, aviador civil, pescador, profesor y escritor. Lo conocí a principios de los años 70, cuando viajaba a La Rioja para armar con Daniel Moyano el guión de la película La Muerte de Sebastián Arache y su Pobre Entierro, que iba a dirigir Nicolás Sarquis. Para el traslado desde Buenos Aires solía usar un coche pequeño para su elevada estatura, como afinado era su lenguaje. Las langostas lo torturaron, mataron y lo hicieron desaparecer en 1976.
Retomo su relato El Último porque permite recorrer el andarivel del auto-convertido en linyera, que Conti denomina vago, con el estricto significado que indica el diccionario respecto al adjetivo: Errante, que anda de una parte a otra, sin detenerse en ninguna y sin una dirección fija. En la microhistoria narrada por Conti, el protagonista emplea la primera persona del singular. Arranca así: “Un buen día me hice un vago. Así como lo oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen, tumbado a un costado del camino esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte (…)”
Los recursos de Conti permiten leer como si el relato tuviera registro oral. Habitaba Buenos Aires novió con Margarita en el Parque Lezama se instalaron en un oscuro departamento una vez casados. Correteó mercadería. Los días pasaban sin sorpresa. La televisión como entretenimiento hogareño conversaciones insustanciales. Por ingenuo, se involucró en la venta de terrenos que eran el piso de una laguna. Margarita y el administrador del consorcio le pusieron guampas. Se compró una bicicleta para hacer un raid. Vendió el rodado cuando observó a un desconocido contemplativo dispuesto a despegarse, con lo que tenía puesto, de una realidad abrumadora. “No tengo nada, de manera que no tengo de qué preocuparme”, dice el determinado errante de Haroldo Conti.

Diego Angelino nació en 1941 en Maciá, departamento Tala, y se crió en Nogoyá. Hizo familia numerosa radicado en El Bolsón, donde combinó literatura con laburo en su vivero Tierra Baldía. Venía a Paraná, con el propósito de visitar a amigos como Walter Heinze, en una combi-casa con imágenes de tulipanes en las paredes externas. En 1974 el Jurado integrado por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Eduardo Mallea, Alicia Jurado y Leónicas de Vedia le otorgó el primer premio del concurso de cuentos organizado por el diario La Nación. El libro se publicó con el título de Con Otro Sol. Es en Jaurías donde aparece el Linye (por linyera). Si Marcelino Román y Haroldo Conti ofrecen pautas del origen, Angelino plantea la instancia de la muerte del linyera, con este arranque: Se hubiera dicho que el Linye se quedó en el Campo del Banco para morir. Como si después de andar tanto dijera justamente eso: “he andado mucho y ahora alguna vez voy a morir y no se puede morir andando, hay que quedarse quieto para esperar la muerte”.
El Linye descripto por Angelino era linyera hasta que se paró. Sin pedir nada armó un refugio abierto al camino, bajo un tala en el monte. Pasó casi un año hasta que se produjo el deceso. Los perros que lo acompañaban se intranquilizaron y diezmaron gallineros, sin perdonar a pavos, corderos y ovejas. Fueron reprimidos por los vecinos. Uno de ellos le abrió la panza al que quedaba de la jauría. El perro siguió mordiéndole la mano que el paisano tenía apretada contra su propio cuello. Era, comentó, como si únicamente le importara matarlo. Pero todos reflexionarían esa noche cuando alguien pensó en voz alta en Almacén Iglesias: quién iba a decir que los linyeras se morían.

*Periodista - Escritor
Publicado el 19 de diciembre de 2016
@alfieriguillermo
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